Formas ideales accesibles a los sentidos; las pinturas de Pedro Diego Alvarado.
Franca, apasionada, visionaria, la pintura de Pedro Diego Alvarado es una isla en el mar de las imágenes artísticas. Los objetos que representa son comunes y la forma en que lo hace es a través de un realismo convencional alejado de cualquier noción vanguardista. Antes de criticarla o de caer en el elogio fácil, habría que ver de qué manera las formas que el artista pinta son parte esencial de su propuesta. Es decir, cómo la pintura es en sí el asunto a tratar, mientras que las frutas o la naturaleza son un pretexto, tal como lo fueron el paisaje y la naturaleza muerta hace más de un siglo para Paul Cézanne.
Es difícil separar la pintura de lo pintado ¿De qué manera puede uno fijarse en la esencia de la representación sin perder de vista el resultado de la misma?.
Platicando con el artista uno se da cuenta que, la pasión que él siente por el arte deriva más de la forma que del tema. Su amor por el arte es platónico: para él, la forma, el color, la luz están más presentes que los nopales, los agaves y las piedras.
Los cuadros de Pedro Diego nos hacen pensar en la función esencial de la pintura sin olvidar la historia de ésta en el siglo XX: la no figuración, la aparición de lo concreto versus lo ilusorio pictórico, la reducción de lo real a formas puras; son problemas que no se agotan y que constantemente son replanteados desde la pintura. La obra de Pedro Diego Alvarado se ocupa de la materialización de las formas ¿Cómo lo hace?.
Es obvio que los cuadros resultan realistas, que apelan a una noción de la belleza kantiana, basada en lo natural. También es evidente que sus composiciones son producto de apuntes directos e imagen fotográfica que los precede, del encuadre y de la recurrente selección de formas. Lo que no es tan obvio es que, dentro de cada imagen, hay una intención de plasmar cómo se produce el color y la imagen en nuestro ojo. Esta es la tarea que ocupa al pintor diariamente de manera obsesiva y éste es el aspecto que más me interesa recalcar.
Caí en cuenta de este aspecto cuando Pedro Diego me explicó como crea las imágenes en su pintura a través de, por lo menos, tres etapas en las que lo visible se construye, se destruye y vuelve a armarse. Pintar, despintar y volver a pintar crean una forma de ver.
Cómo vemos, qué vemos, qué recordamos de lo que vemos, qué sabemos de lo que vemos, son preguntas que hace el artista en su obra. El hermetismo de las composiciones (como en las Limas, Mazorcas y Tunas) facilita la tarea de investigar, porque no es el contenido lo que va a dominar la reflexión. Una vez que la mirada se ha posado en las imágenes le sigue la observación, la conexión de la vista con la mente, con el recuerdo, con el juicio. Es ahí donde podemos descubrir el misterio de la visión pictórica. Es en ese terreno entre la visión y la memoria donde se mueve la propuesta artística de Pedro Diego Alvarado.
Un rayo de luz, un reflejo en la cáscara, un contorno de la fruta que se recorta en la oscuridad del fondo. El rojo que estalla en los dientes de una granada, el verde-azul de la superficie de una penca repetido en todos sus matices sobre una nopalera, permiten oler el color, reconocer el sonido de las formas, sentir la hora del día a través de la luz que ilumina una palmera.
Podemos ver esas formas debido a la intensidad que el pintor ha puesto en su oficio. Al ver la luz sentimos el color como algo independiente del objeto, como un as lumínico que viaja entre la cáscara de una papaya y la retina. Sin la intervención de la agudeza de la mirada del artista, la pintura carecería de esa vibración y sería tan solo un pálido reflejo del mundo.
Estas pinturas animan el mundo, lo ordenan para que nosotros podamos verlo. Limpian nuestra mirada, hacen más diáfana la forma de las cosas, eliminan lo accesorio y dejan ver lo inmanente, aquello que no es accesible a simple vista: la forma y el color puros. Y es por aquí donde la pintura de Alvarado conecta con la historia de la forma visual.
Forma transparente vs. opacidad del contenido
Cuenta la historia que Platón enseñaba a sus alumnos que la forma existía por sí misma, cristalina y totalmente aislada de este mundo; una teoría que aprendió de los sacerdotes egipcios en Heliópolis, y que sigue en boga en la actualidad debido a las teorías artísticas del crítico Clement Greenberg, defensor de la pintura abstracta estadounidense.
Luego de veinte años de escudriñar las ideas de Platón, Aristóteles seguía dudando de la teoría de su maestro: si la forma era cristalina y no tenía referente, entonces era invisible al ojo, aunque podría “verse” en la mente. Tal fue su escepticismo en la teoría platónica, que puso a sus alumnos a clasificar coles en un huerto. Para Aristóteles no podía existir en la forma abstracta de la col, debía haber diferencias que el ojo pudiera distinguir y clasificar. Una col tenía que tener una forma que la hiciera individual y otra que la hiciera familiar.
A través de la obra de Pedro Diego podemos ver el planteamiento de la teoría aristotélica en los hechos: la forma de los agaves en el horizonte se reduce a una cruz de color púrpura (forma general abstracta) que, posteriormente, se encarna en las contornos agudos de hojas y en zonas azules y verdes cuando se “acerca” -por la ilusión de la perspectiva- a nuestro ojo: no hay forma sin contenido, ni contenido sin forma.
Si ya de por sí cualquier fruta encierra un misterio, hacer una pintura de la misma es dejar que lentamente lo memorable tome el control de lo que vimos y registramos. En una lista de las cosas vistas que se llevaría a la tumba, Woody Allen apuntó las manzanas de las pinturas de Cézanne. Yo me quedaría con los nopales de Pedro Diego.
Proyectamos recuerdos sobre lo que vemos, haciéndolo más noble y visible en nuestra mente. Pocas cosas recordamos con tal afecto como aquellas que nos parecen pintorescas o cinematográficas (al ver un paisaje exclamamos “es de pintura” o “de película”) La imagen se impone como un medio eficaz de evocación y esto lo sabe aquel que pinta llevado por la pasión.
Las pinturas de Alvarado se suman a ese proceso colectivo de recreación de un mundo visible, que resulta más entrañable en tanto que, sus formas conectan con nuestra experiencia del mundo y dejan una estela de sensaciones que llevamos con nosotros.
Conforme pasan los años de practicar el oficio de hacer imágenes en telas, el artista se da cuenta que solo ha pintado un solo cuadro, una sola imagen, la de la forma ideal que habla de sí misma. Cuando se ha llegado a esa conciencia la imagen pintada se convierte en un remedio, un consuelo ante la ausencia que provoca la muerte, pues significa que el conjunto de imágenes pintadas por el autor se habrá unido para formar una visión.
Los cuadros de esta exposición son las huellas de la manera de ver de Pedro Diego. Habrá quien vea en ellos no sólo las frutas correctamente representadas, sino formas ideales que resultan accesibles a los sentidos. Formas ideales que nos reconcilian con la realidad.